martes, 20 de septiembre de 2016

La España del maquis (1936-1965) - Cortometraje de Presentación

Este cortometraje documental está basado en el contenido de la edición en papel de La España del maquis con el fin de acompañar su lanzamiento editorial.


Luis Landero, la historia de nunca acabar

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Hace muchos años, posiblemente en alguno de los que sucedieron a mi paso por las instituciones valencianas, allá por los noventa y no demasiados cayó en mis manos Juegos de la edad tardía, una espléndida novela de un tal Luis Landero, para mí entonces un escribidor desconocido. En aquellos momentos andaba desnortado, absorto en mis propias cavilaciones.

La novela de Landero coincidía en parte con mi universo, digamos ficticio. El autor reflejaba pausada y sabiamente todas las contradicciones que sufría una persona de mediana edad que arrastraba sueños opacos y truncados de juventud -asunto del que conocía algo- y eso suscitó en mi ánimo un ambiente de catarsis o al menos de cierta liberación mental. La historia de aquellos dos personajes que coinciden hasta fundirse en uno, por la lenta y reiterada influencia de un tercero al que se supone superior (esa maravillosa capacidad de Landero para acercarse a la dicotomia campo [atraso] ciudad [progreso] para descubrir al final la falacia de los absolutos) no solo era digna del más puro goce literario sino que me resultaba aleccionadora y vagamente familiar. Las concomitancias de Gregorio con algunos de mis anhelos de juventud tardía eran amplias y sugestivas. La similitud se rompía, sin embargo, en aquella fusión de personajes que ya no encajaba en mis experiencias personales, pero dejaba un poso insospechado abierto a la reflexión sobre la conducta humana…     

Los temas de Juegos de la edad tardía eran en parte los míos: la decepción, el ensimismamiento, el optimismo momentáneo... Aventuras y desventuras del vivir que vuelven a estar presentes en El balcón en invierno, tratadas con una fuerza y sutileza, que entiendo, superiores.

Y es que ese Landero, ya admirado en aquellos años 90, persiste y revitaliza sus “juegos” en la última de sus creaciones. El balcón en invierno es una breve y singular -por lo magistral- aportación a la vieja y renovada aventura de narrar que maneja como pocos la economía de las palabras, que mejora en cada párrafo el mundo la imaginación literaria con sencillez suprema, con el perfecto conocimiento del complejo nudo de emociones, sentimientos y reflexiones que la componen.

Todo escritor escribe sobre lo que ha conocido y lo matiza con la luz de su imaginación. Landero, un extremeño universal nacido en 1948 que convierte la norma en canon y esa convención deja de serlo al conjuro de su pluma. Todo en él es fácil-difícil, sencillo-complejo, angustioso-reconfortante... y todo lo demás. Landero no hace literatura, la vive, la predica, la expande con la naturalidad con la que existen el viento o la calima, el ambiente enrarecido o el oxigeno en estado puro y vivificador. ¡Qué no merecería contemplarse desde El balcón de Landero! una  atalaya que abarca mundos interiores y visiones exteriores para fundir pasado y presente sin artificios ni adornos.

Si. Landero nos lleva desde su balcón a la autorreflexión sobre las vivencias más íntimas y las sensaciones más recónditas: desde su propia infancia en una familia de labradores, a su adolescencia en un barrio madrileño; de las vicisitudes de sus empleos laborales a su brumoso paso por academias nocturnas; de la permanente ilusión por progresar hasta el punto final de sus intentos por convertirse en lo que se esperaba de él y, plantándose, decidir ser, otra cosa; tal vez, él mismo. Están las peleas con padre y madre, a veces reducidas a lo absurdo; esos incisos para describir la tribu humana que le rodea y forma su convivencia diaria. Y sus descripciones, a veces, terribles:
            “En cuanto a las mujeres, casi todas vestían de marrón o de negro, medias oscuras, pañuelo oscuro, alpargatas oscuras, como si fuesen penitentes de una congregación. Con el cabello se hacían moños apretados y duros como terrones resecos. Cuando se vestían formalmente, se ponían una pequeña peineta en el moño. Jóvenes o viejas las recuerdo a todas iguales. Eran ellas y punto.”
Se refería, naturalmente, a las mujeres de los años 50. En cuanto a los hombres la descripción (yo no estoy tan seguro de si no eran conclusiones) es todavía más cruda, tal vez, más despectiva:
            “Todos en mi familia vestían más o menos igual, los hombres chaqueta, chaleco y pantalón oscuros, de pana, de dril o de cutí, camisa clara de rayas, sombrero rígido de fieltro, pelliza en el invierno y botines de becerro color caoba o hechos a la medida (…) Creo que como signo de autoridad y emancipación, tenían su propia navaja que solían guardar en el bolsillo del chaleco y que usaban para comer o para solucionar pequeños problemas prácticos (…) …todos los hombres fumaban tabaco de picadura, y cuando se reunían varios armaban enseguida una gran zorrera…”

Landero es implacable con un pasado, que se hace de continuo, presente:
            “…no había nadie con estudios, ni siquiera el bachiller elemental. Unos habían ido a la escuela en el tiempo justo apara aprender a leer, a escribir y a hacer las cuentas. Algunos eran [totalmente] analfabetos. Otros habían aprendido algo, pero por falta de práctica habían olvidado lo poco que sabían. Tampoco ninguno (…) había visto el mar…”

Landero consigue subyugarme en algunos capítulos, muy breves, que me han gustado especialmente como: “Las cuentas de la vida" (hacia 1940) y el que le sigue, “Farándula, 1964-1969” en el que habla de sus intentos de desenvolverse en el “mundo artístico”. Se pregunta cómo tuvo la osadía de emprender aquella aventura “tan confusa y fantástica”. Dice, entonces:
            “Quizá fue por la repentina mezcla de estilos pasados y modernos, por el poderoso empuje histórico de aquella España sombría y sin embargo ya turística y prometedora y donde toda esperanza encontraba algún lugar en que arraigar.” Bueno. No sé. En fin...

Uno de los aspectos menos convencionales de la literatura de Landero en este Balcón… y es la ruptura del relato cronológico para ir alternando fechas en función de recuerdos, lo que nos lleva a que lo importante para el autor no es atenerse a los géneros sino utilizarlos a su conveniencia de tal manera que construye un texto con saltos, con "entrdas" de puntillas en lo novelesco para apropiarse del torrencial devenir de lo autobiográfico, donde la reflexión es a la vez acción pautada para que el lector pueda acompañarle en su apasionante viaje..

En ocasiones el relato abierto a los retratos familiares, como el de su padre, que fecha literariamente en septiembre de 1964 con el título de “Demasiado padre para mí”, es, -así se me hace- puro agobio íntimo; siento su soledad y la necesidad del repliegue sobre sí mismo como leemos en: “Huérfanos de mundo” (1950) o en “Breve viaje sentimental por mi biblioteca” (2013), viaje en el que traza unas notas en las que compara la lectura de los libros y lo que inspiran con el funcionamiento de la memoria. Esta viene a ser para él como las notas que tomó y los vestigios que le dejaron las lecturas. Y concluye que es algo así como una suma de años que “por intranscendentes y rutinarios (…) la memoria ha ido abandonando hasta entregarlos al más atroz de los olvidos”.

Leer a Landero es, en suma, una delicia que reconforta porque muchos de sus pasajes recuerdan pasajes de mi propia vida. Es curioso que me pasara lo mismo que al autor cuando describe su afición por la lectura de las novelas de quiosco y por la experiencia de haber leído antes el Quijote de Doré que el de Cervantes... ¡Cuanto me gustaron aquellos grabados!

Corto y cierro con sus palabras en “Vidas oscuras" que sitúa entre 1925 y 1940, donde establece este impecable diagnóstico social: “Yo no sé de dónde ha sacado esa gente, esta generación infortunada, su temple y su entereza. Una generación, casi dos, que sufrieron la guerra y la posguerra, que vieron truncados sus proyectos de vida en plena juventud, que trabajaron como mulas y lo sacrificaron todo para que sus hijos corrieran mejor suerte que ellos…”

En fin… “un grano de alegría, un mar de olvido.” Así cierra Landero su Balcón en invierno.

José Antonio Vidal Castaño
20/09/2016
























martes, 14 de junio de 2016

BEI-KA (¿BAKER?)


José-Fina,
mi negra
por la que,
cual,
nuevo Napoleón, des-napoleonado,
hubiese conquistado un imperio más duradero.
Perla negra americana;
flor hermosa
del mejor jardín
de mi huerto
jóse-fina.


 

ROMY SCHNEIDER

La (mi) novia eterna
Luz,
color,
vida y muerte,
poesía;
fuerza bruta
y debilidad extrema,
Romy,
eres tu.


METÁFORA

Desamparo,
soledad lejana de
ultratumba;
metáfora.

Enrejado,
cárcel cercana de
lo cotidiano;
metáfora.
Vino, pájaro y sexo,
trinidad suprema
de lo ajeno.
Índice, boca y palabra
saco infinito
de lo propio.
Éxtasis con estrambote;
metáfora.

José Antonio Vidal Castaño
(30-05-2016)

 

DESMITIFICAR EL MITO

Esta es una de las fotos más cándidamente eróticas de la Marilyn. Con esas pestañas más que postizas y ese sostener entre las manos ese rosario de cuentas de cristal de roca o de alta bisutería.
¿Qué no es eso?
Que más da. Ahí subyace el deseo, la herida pecaminosa de esas manos. Es la orgullosa vergüenza del celuloide amargo.
¿Marilyn?
Cuanta vida simulada, cuanto mito, cuanta pasión contenida; cuanta mentira escondida en esa cabecita -nada loca- de una falsa muñeca pecadora.
-¿Ese icono desvalido? ¿Pero que me dice usted?
- Ella, fue ella quién fabricó su icono. Cuanto relato urdido en torno a una leyenda viva sobre una criatura bien muerta. ¡Cuanta soberbia! ¡Cuanto crimen! Pero, que admirable lección de supervivencia.
- Dedíquele pues una sonrisa, y si no, desaparezca. ¡Esfúmese!
- No lo haré... Combato el mito...
Me dan ganas, aunque sea difícil confesarlo, de derribar el mito; de sacudirme el agobio de decirlo y re-nombrarlo. ¿Marilyn? Esa pu-pe-ci-na rubia y voraz, ese mito permanente ya-no-me-va.
Ya se que no se lo creen. Qué ustedes adoran los mitos y que yo me repito todos los días que más vale dejar en paz a los mitos, pues los mitos, mitos son. Y no son cosa del pasado, sino del presente. Los fabricamos a diario y nos sentimos tan felices al hacerlo como desdichados somos cuando dejamos de inventarlos.

José Antonio Vidal Castaño (03/06/2016)