martes, 24 de abril de 2018

AZOTES

LOS 23 AZOTES EN EL CULITO
DE LA VIRGEN AL NIÑO JESUS
SEGUN ERNST, PINTOR JUDIO
E INVENTÓR DEL DADAISMO.-


La Virgen castigando al Niño Jesús ante tres testigos (Max Ernest, 1926)
Yo.
Dios Supremo,
vástago único
y salvador de la Humanidad;
torturado por la mano de mi madre,
mujer impía,
canibal, agresora,
machista.

Ella,
es Deusa
la que pega, azota, tortura
con esas manos de plata
listas para afinar vergas
de oro; tañer stradivarius
de plomo
y beber en las fuentes de Priapo.

Dos coronas,
una flotante,
otra yacente, y
mi culito sonrosado,
carnal,
erótico,
morboso,
recibiendo el divino
castigo bien merecido.

He sido fariseo y levita,
buscón y violador
de normas…

Y ella se deleita azotándome.
Yo me enervo recibiendo sus azotes,
humillando mi cuerpecito
a su vesanias.

Y los sapos iscariotes:
Bretón, Eluard y Yo
en el ventanuco
para disfrute del populacho
al que radiamos el partido
ente la Virgen y el Niño Jesús.

Fue en 1926.
Sacrilegio y excomunión
¡Como Dios manda!

jose-antonio vidal castaño/2018/05/23

jueves, 16 de noviembre de 2017

UN HOMBRO, DOS OJOS

Ese mechón y esa melena,
más que rebeldes,
-Carlota-
hirientes y rampantes.

Seguidor eterno de tu mirada,
-Carlota-,
mirada que se desvanecerá
en la eternidad de mi sonrisa.
Bruma y carnalidad
de tu cuerpo desnudo
-Carlota-
realidad y, a la vez, opaca ilusión
Un cuchillo de cristal
me atraviesa el gaznate,
-Carlota-
hasta dar con tu hombro.
Un triángulo de pasión,
paralelogramo incierto
-Carlota-
tienes dos, lo sé, pero veo 1. ¡Dios!
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DYLAN THOMAS

Un dios.

-¿Un dios de la poesía?
-No lo creo.

-Yo si y no creo.

-¿Un dios en la ignominia?

Lo creo y me convierto, revierto, reverencio.


 

JUNTOS EN LA MEMORIA

Antonio Martínez Ferrer es para mi más que un amigo. Nos conocimos en los años terminales de la criminal dictadura del general Franco y luchamos juntos frente a esa sinrazón que hace prácticamente obligatorio lo permitido y prohibido lo no permitido. Y la libertad era, es y seguirá siendo nuestro bien más preciado.

En circunstancias, difíciles, viví unos días oculto en su casa para escapar de la policía franquista. Y allí conocí a Antoñita su mujer y a su familia... Y después de todo aquello y de dar unos cuantos tumbos por el mundo, nos seguimos viendo, disfrutamos de amistad y camaradería; escribimos; estamos vivos.

Y ayer, a estas horas, Antonio, cultivador de la poesía y guardián de la memoria familiar, nos obsequió con el regalo de un libro peculiar; un libro suyo muy bien trabajado y sobre todo concebido con sinceridad y emoción. "Para la libertad. Memorias a un padre asesinado" (Amargord) es el título de esta entrañable amalgama de postales escritas por su padre en trance de ser fusilado (según el parte oficial) en Paterna en 1936, con poemas del autor (es ante todo poeta) y fragmentos de su experiencia vital, entre los que tiene el gusto de acordarse de sus amigos.

Una historia dolorosa ante la que no es fácil permanecer indiferente. Un libro de y sobre la memoria; testimonio, dietario, sollozo íntimo.

EL ESPÍRITU DE ZALACAIN

El guipuzcoano Pío Baroja y Nessi (1872-1956) fue y es un escritor excepcional. Trasladó sus vísceras a la punta de su pluma provista de una cámara cinematográfica para registrar el clímax agitado, proteico y pasional de sus personajes. Aventura, conspiración; fuerza interior y de la naturaleza; verbo hosco para el sí y el no esenciales, más allá de matices perdidos y, un pulso narrativo cortante como el filo de una navaja barbera.

Baroja no sabía a Jesús ni escupía al fariseo. Se calaba la boina y vestía gabán invernal incluso en cálido estío. ¿Pesimismo? ¡Quía! Guía y maestro del espíritu Aviraneta; del yo supremo de su Zalacaín el aventurero, mandando a vascos, peculiares y versados en culturas —que no artes— marciales, quienes: “siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo viejo contra lo nuevo (…) contra la idea nueva.” ¿Mande? Y más allá de todo ismo “se sentía muy español”, deshojando con primor e incluso nostalgia perennes El árbol de la ciencia, de su ciencia impura que anuncia una Aurora roja desnutrida y sórdida. 

Baroja es la magia de una narrativa impulsiva y sin aparente control. Pero, vaya si se controla. Reflexiona, retuerce y contraviene la norma, muestra el reverso, la perfidia y lo grotesco que hay en nosotros mismos. Confianza en el género humano. Ninguna. ¿Pesimismo? Si, pero puramente existencial.

El mismo es el mayor ejemplo. El impulso reconvierte, en su prosa, fuerza bruta en irónico dialogo, en reposada reflexión que nunca será amable ni lisonjera. No creyó en la existencia del 98 y menos en su espíritu renovador. Su das-atildada figura refleja una personalidad huidiza, cual nebulosa espacial en el mar de Las inquietudes de Shanti Andía, amante, en el fondo, de disponer de brasero y zapatillas en cubierta.

¿Guerra o Paz? Ambas con preferencia de la segunda pero sin renunciar a la primera porque El mundo es ansi; se és o no se es en ese shekspiriano Cesar o Nada. ¿Hombre o Mujer? Describía, sin describir “Mi tía Juana (…) tenía la nariz larga y un poco corva…”; “Don Matías era alto y seco (…) cabeza pequeña , cara juanetuda…” No cabe el color, apenas el gris, pero si el escalpelo… ¡Ah!, viejo Tellagorri. Para mi, usted, siempre será Don Pio.

Y que tiene esto que ver con Juventud, egolatría (1917) o con leerle 100 años después. Todo y nada. Estilo, estilo y nada más que estilo. Eso es Baroja y eso está en cada página de cualquiera de sus títulos. Una revolución literaria sin aspavientos, clara en la forma, oscura en la intención y siempre, en la expresión, sobria.


LEÓN TROTSKI ESTUVO EN ESPAÑA

CENTENARIO de la Revolución de 1917
Y LEÓN TROTSKI ESTUVO EN ESPAÑA

Así nos lo cuenta este relato titulado “Mis peripecias en España” debido a su pluma y primorosamente editado por Reino de Cordelia en 2012, recogiendo una edicion anterior traducida al castellano por Andreu Nin.

Y estuvo en 1916. Pocos meses antes de que se produjeran aquellos días de octubre (noviembre en nuestro calendario) de 1917 que ‘conmovieron al mundo’ en el otro extremo de Europa, en la legendaria Rusia de 'todas las rusias', la del imperio de los zares.

Aquel año, el dirigente revolucionario nacido en Ucrania (1879) y asesinado en 1940 por el comunista catalán Ramón Mercader a las órdenes de su excamarada Stalin, viajó por Francia, por España (pasando parte de su estancia en la carcel) para desde Barcelona zarpar con destino Nueva York...

 
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sábado, 8 de julio de 2017

SOBRE CARSON MACCULLERS

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A PROPÓSITO DE UNOS REFLEJOS Y DE UN OJO DORADO


“Encontraron a la señora Langdon desvanecida; se había cortado los tiernos pezones con las tijeras de podar.”


El ojo dorado es mi ojo, ¿dorado? Si y lo es por qué así lo quiso Lula Carson y por qué así lo quiero o lo imagino bajo el potente reflector de su mirada. Y a él, a ese ojo dorado le llegan los reflejos del mundo que la MacCullers selecciona más que condensa (he leído con devoción el epílogo de Tenesse Williams, y debo decir que no me parece del todo convincente por demasiado simple su explicación acerca de la necesidad de ‘condensar’ en símbolos toda una vida por ser la novela mucho más corta que una vida.

Lo que hace Carson MacCullers es seleccionar más que condensar momentos y situaciones; acciones y reacciones que toma como simbólicas para convertirlas en claves de vida y muerte de un destino particular: el de cada personaje; y lo hace con intensidad inusitada, revelando-nos lo que socialmente se considera anormalidades como nuestra santa y habitual normalidad; normalidad que permanece oculta bajo apariencias y convenciones sociales que son mucho más a-normales o, eso me lo parecen; todo ello más rígido, si cabe, en un destacamento militar que en cualquier otra sociedad cerrada y estancada; un torbellino controlado de violencia reprimida, un flujo sanguíneo apenas contenido. La propia monotonía de la vida cuartelera es violenta y el aburrimiento cerrilmente organizado genera violencia. El acuartelamiento es violencia. Ahí tenemos, sin ir más allá las secuencias de la primera parte de “La chaqueta metálica” de Stanley Kubrick. De cuando en cuando esa violencia se desata como una tormenta incontenible y por otro lado, consecuente. La normal anormalidad, aflora y se reivindica.

En “Reflejos en un ojo dorado” una aparente fugacidad ciñe una jungla de sentimientos y pasiones; el deseo placentero y reprimido de hacer daño o de sentirse víctima se manifiesta. Pocas veces he disfrutado leyendo como lo he hecho al dejar atrás cada página de esta breve e intensa novela que merece ser leída con devoción. Soy un devoto de ese tipo de narrativa que bien pudiera pasar por ser un buen ejemplo de lo que llamo economía de las palabras. Cada expresión, cada párrafo, cada vocablo sale de esa entraña indefinible que admira la sujeción sin renunciar a la inspiración momentánea. Carson no se deja llevar, nos induce, nos guía y nos arroja al precipicio. Todo parece estar medido, y sin embargo… Cada momento es especial y banal al tiempo, cada uno de ellos puede durar imaginarias eternidades y poseer una potencia devastadora; violencia descompuesta en mil y un detalles. ¡Esos reflejos! Vives cada sobresalto (el de las tijeras y los pezones de Alison Langdon; el del morboso salvajismo del capitán Penderton (grandiosa interpretación de Marlon Brando la más difícil de su carrera en la potente película de John Houston, cuando azota al caballo que está a punto de matarle), etcétera,  dejan al descubierto los abismos de una vida entera.       

Los reflejos en mi ojo dorado, no se si en el tuyo, lector, son también perversos porque son los que contra la norma y mi voluntad obediente me hacen sentirme bien. Negamos la realidad que nos hace imaginar que en este mundo, los jodidos seres humanos, los animales y las cosas que nos rodean son perversos o generan perversiones, torcimientos, conductas irregulares que no se atienen a normas. Y las perversiones suelen ser más estimulantes que el aburrimiento o la mediocridad. Me pregunto, no obstante, por el origen y la justificación de esta pulsión que no me atrevo a calificar de otra manera. Me interrogo por placer oculto que por lo visto, leído y oído parece acompañar al poder de destruir y disponer de las vidas y bienes ajenos.

Es el lector, yo en este caso, pero también cualquiera que se embeba en las ciento y pico de páginas de esta novela tan criticada en su momento por escandalosa y por ser una segunda novela, quién posee el ojo dorado que escruta, admira, aborrece, condena o se extasía ante las perversiones de personajes como el capitán Penderton y el soldado Williams, como Leonora Penderton y el comandante Morris Langdon; como el caballo Firebird y las cuadras, bosques, paisajes, casitas de oficiales y habitaciones interiores del entorno; como Alison Langdon y su criado filipino Anacleto, como la hiriente disciplina y el soez aburrimiento de un acuartelamiento militar en en Sur de los Estados Unidos. No es un Sur cualquiera sino un Sur peculiar: el que alentara esa narrativa llamada novela gótica que avalada por William Faulkner, produjo talentos como el de Carson MacCullers o Flannery O’Connor…

Homosexualidad, bestialismo, sadismo, trabajo esclavo, tiranía sexual, humillación constante de la sensiblería y el moralismo; espejo admirable de humanidades e inhumanidades, de orgullos y prejuicios, esta segunda novela de Carson MacCullers invita no solo a leer sino también a la revisión compleja de nuestras motivaciones y tendencias reprimidas o no de nuestro ser personal y social ¿Quién no se ha encontrado en la calle, en un bar, en la trastienda de una librería, en una visita rutinaria o en medio de conversación anodina a una persona con el mismo olor que el que despiden el soldado Williams o la endiablada sureña Leonora Penderton?  

¿La intención de la autora? Lean. Para muestra, el retrato que deja ya en las primeras páginas del capitán Penderton al que trata de sabio que no recibía visitas de solteros en su pabellón a no ser que fuera en grupos. Dice de él, que sabía de todo, hablaba y escribía en tres idiomas… “Pero, a pesar de sus muchos conocimientos sueltos (…) no había tenido en su vida una autentica idea en su cabeza, por cuanto la formación de una idea requiere la fusión de dos o más datos conocidos, y los ánimos del capitán no llegaban a tanto”.