martes, 20 de junio de 2017

Blasco Ibáñez, escritor y político (1867-1928)

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Extracto CONFERENCIA sobre BLASCO IBÁÑEZ.
15/06/2017. Casinet de Rocafort, 19:30 h.


Debo agradecer a Republicanos de Rocafort, su constante brega en defensa de la cultura democrática y de los ideales republicanos y hoy, en particular, esta invitación, a presentaros la figura d’en de Vicente Blasco Ibáñez, uno de los personajes que llenaron de creatividad la transición del siglo XIX al XX, y los primeros años de este último, claves para entender nuestro mundo actual. Debo agradecer a todos vuestra presencia en este sencillo acto que pretender recuperar su memoria.

Quisiera tener –si me lo permiten– un recuerdo particular para Juan Goytisolo, que se nos murió el pasado día 4 de en Marrakech, Fue uno de los más importantes escritores del siglo XX en lengua castellana. Disidente e incómodo a los poderosos, innovador y contradictorio, vaya este poema, que he terminado esta misma tarde como homenaje a su memoria:
 La Tarde

La tarde retraída y lenta, 
se adentra
quedamente,
en el túnel del olvido.

¿Melancolía? 
No.
Herida oculta y en apariencia
indolora.
  
La floresta interior
demanda manantial para conculcar agonías… pero tú, nos ofreces,
¡Oh señor!, con minúscula:
Intrascendencia y muerte.
Lo sabes, don Julián.

A lo lejos, desde el desierto inagotable 
seguirá tronando la voz de Juan Sin Tierra,
la tuya, que junto al
sonsonete agudo
del clarinete clama
contra la torpeza del educando…

Es  la tarde, lenta y retraída, la
que sigue avanzando torpe, chabacana,
musa de un amor al que se le niega el sexo;
música, que no es música, que es
rugido, sí, el tuyo, para ejecutar la tristeza.

Incorporo esta chumbera, Níjar, a tu paisaje.
La tuya es la sombra del vegetal.

-¿La ves?
-Sí, la veo.

Se que la sientes ahí,
en tu tumba de piedra de Larache, y el silencio es,
maestro,
de ultratumba, y silba, rebota, traza figuras en la arena;  
es amigo, si,
de la tormenta interior la tuya y la mía en este desierto árido…
infinito.   
  
*   *   *
Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en 1867 y murió en Menton (Francia) en 1928. Resulta prácticamente imposible resumir en media hora  la importancia, significación y versatilidad de la vida y la obra (en cualquiera de sus múltiples vertientes) de este autor. ¿Autor? Tal vez debería decir: escritor-universal, periodista, editor, agitador político republicano, masón; orador exhuberante, audaz viajero, colonizador en Argentina (colonia Cervantes), aventurero… Todas estas nominaciones servirían para acercarnos a su figura, dada la complejidad de las actividades desarrolladas por en Vicent Blasco en todas y cada una de las facetas citadas. Un hombre de acción, sí, pero también de pasión e ingenio. Me acercaré a su personalidad de escritor universal, sin obviar la de político y agitador republicano. Aunque estas dos caras envuelvan a otras muchas. Mi acercamiento será personal, desde la perspectiva del lector, del aficionado, y exenta de la ambición del experto.
Fue en los años 80 del pasado siglo cuando recuperé la figura de Blasco Ibáñez que tenía olvidada desde hacía más de una década. Releí, o mejor leí, con nuevos ojos y placer creciente, la mayoría de sus cuentos, los valencianos y los que no lo son, las novelas La barraca y Entre naranjos y, por otros motivos, su crónica sobre El militarismo mejicano, y sus dos novelas, tal vez, más universales Sangre y arena y Los cuatro jinetes del Apocalipsis; estas dos últimas motivado, además, por las versiones cinematográficas sobre ellas, pensando sin querer en como habían acrecentado la popularidad mundial del escritor valenciano. Sobre la primera hay cuatro versiones: la de 1916, del propio Blasco; en blanco y negro; la de 1922 con un deslumbrante Rodolfo Valentino en el papel de Juan Gallardo el torero; la de 1941 que me parece la mejor dirigida por Rouben Mamoulian y con un elenco de fábula: Tyrone Power, Tita Hayworth, Anthony Quinn entre otros monstruos, y la de de 1989 dirigida por J. Elorrieta con guion de Azcona y música de Paco de Lucía, y que sin embargo puede que sea la peor. A cual más tópica y disparatada.
Sobre la segunda, hay dos versiones americanas. Una muda (1921) ubicada en su tiempo (la Gran Guerra) y otra más llamativa y trabajada pero sacada de su tiempo, ambientada en la II GM y el nazismo), dirigida por V. Minelli, con Glenn Ford, Chales Boyer y un estupendo etc.  
Así qué, un melodrama sentimental Sangre y Arena, del que ni siquiera se puede deducir que Blasco Ibáñez estuviera a favor o en contra de los toros (de hecho, la novela acaba mal y el escritor subraya la brutalidad sangrienta de la ceremonia taurina) y una historia de aventuras bélicas y corte romántico contribuyeron sobremanera a fomentar la leyenda del Blasco Ibañez universal que reforzarían las proyecciones privadas en su propia villa Fontana Rosa en Mentón, una vez “exiliado” el prócer levantino. Un dato.  





Casi al tiempo quedé impactado por las impresionantes fotografías de su segundo entierro en Valencia en 1933. El gobierno de la Segunda República, recogiendo al parecer el sentir popular, decidió trasladar los restos del ilustre valenciano (de origen aragonés) a su ciudad natal. Su llegada al puerto de Valencia (procedente de Menton) reunió a una multitudinaria comitiva que le acompañó hasta el cementerio parando en el ayuntamiento en presencia de autoridades y personalidades, convirtiéndose en el mayor acontecimiento que había vivido esta ciudad desde tiempo inmemorial. Impresionante el ataúd, adornado con simbología masónica. Blasco fue miembro ilustre aunque poco activo de esta hermandad abiertamente inclinada, entonces, al republicanismo, que exhibía así, su peso político en las instituciones de la época. Las imágenes, de gran impacto, quedaron grabadas en el inconsciente colectivo y relanzaron su figura en toda España. La puesta en escena del acontecimiento desbordó lo previsto, y podría calificarse en el lenguaje mediático actual como evento de gran relieve, como una evidente manifestación de explosión popular. En fin, un reconocimiento tardío a su importancia universal. Puede decirse que Blasco Ibáñez, como el Cid Campeador, ganó su última batalla después de muerto.

Sin embargo, Blasco Ibáñez, no siempre fue un personaje tan popular ni tan querido por las masas valencianas. Tuvo tantos enemigos y detractores como seguidores fanáticos que sobrevaloraron o desacreditaron tanto su carrera literaria como sus aportaciones políticas.
(…)
Comentaré algunos aspectos de sus papeles esenciales como escritor universal que envuelve al de periodista (o propagandista) y el de político y agitador de masas, creador de una versión peculiar del republicanismo, personal e intransferible: el blasquismo, del que seguiremos hablando.

Literariamente Blasco Ibáñez se inicia con el llamado género folletinesco. El folletín era una novela por entregas que solían publicar los periódicos en páginas aparte. El público lector de periódicos buscaba con especial interés las páginas de estos encartes. En ocasiones, eran leídas en voz alta en los pequeños casinos de los barrios de la ciudad. No debemos olvidar que no existía la televisión, ni los móviles, ni siquiera las sesiones semanales de cine… El analfabetismo era considerablemente mayor que el actual en cifras, pero también era mayor el afán de las masas ignorantes en su adoración por el saber y era mayor el respeto por la cultura escrita. Los folletines de Blasco seguían el modelo trazado por el autor francés Eugenio Sué en Los misterios de París. Su primera novela Carmen fue un folletín de éxito, aunque no tanto como La araña negra publicado en 1892, un extenso y alambicado novelón de más de mil páginas (en formato de libro actual, reeditado hace poco por Editorial Renacimiento) cuyo objetivo era claramente anticlerical y apuntaba a minar el prestigio de la Compañía de Jesús, cuyo poder en la enseñanza y en la sociedad no cesaba de crecer.
Veamos un fragmento de la segunda parte del prólogo redactado por el propio autor donde describe a don Tomás, el personaje jesuítico de este folletín:
[“Su edad, unos cincuenta años; su estatura más que regular, su defecto físico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba y su rostro el de un hombre que (…) tuvo el pelo rojo y ahora (…) lo ostentaba de un color indefinido y sucio; sus mejillas chupadas, su boca contraída por una eterna sonrisa, mezcla de la mansedumbre del esclavo y de la abnegación del mártir, pero que en ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relámpago una expresión altiva, sarcástica y soberbia que parece indicar que sobre aquellos labios está en su casa pues representa el verdadero carácter del individuo. En cuanto a los ojos (…) miraban con la dulzura de la paloma… cuando no tenían la misma expresión cruel, avarienta y cobarde del milano ladrón.”]
De la extraordinaria resonancia de esta novela entre las clases populares se hicieron eco el también político republicano valenciano, Julio Just Gimeno, y el propio Pío Baroja, vecino de Valencia en 1892, quién recordaba que su título se estampaba sobre las piedras de las calles mediante un sello de hierro con tinta azul. Una auténtica novedad publicitaria.

Esta moda folletinesca, muy panfletaria, fue decayendo en el escritor y, aunque continuó publicando algunas de sus novelas por el sistema de “entregas”, dotó a su producción de mayor sentido social e incluso universal sin perder nunca del todo el punto de vista de su universo costumbrista y cotidiano. Procuró acortar sus textos; buscó propagar ideas progresistas en pro de la defensa de las libertades democrático-burguesas, de clase media ––botiguers––, a la que él mismo pertenecía, y de sus ideales republicanos.
Blasco siguió, al principio, el movimiento literario romántico y leyó autores  como el italiano Manzoni o el francés Lamartine, pero volvería a cambiar sus formas estilísticas bajo el terrible impacto de la Primera Guerra Mundial (Gran Guerra o Guerra Europea) para internarse en los universos de la novela realista de Víctor Hugo o el naturalismo de Emilio Zola.
La influencia del naturalismo desde su óptica peculiar que combinaba realismo y crudeza con exotismo y fantasía, se reflejó cada vez más en su obra posterior a los folletines. Por otra parte su desarrollo como escritor corre parejo a su vida como periodista, y esta, a su vez, estuvo casi siempre bajo el influjo de sus ideas políticas. Recordaré su colaboración en los semanarios: “El Miguelete” y “El Turia”, hasta que el llegó a concebir un proyecto periodístico propio, el lanzamiento del diario “El Pueblo”, del que será director, redactor jefe y periodista esencial.

Todo ello sin dejar de viajar. Lo hará ya en su época folletinesca, a Madrid, donde entró en contacto con Fernández y González, famoso folletinista. Sus padres le obligarán a terminar la carrera de abogado, que no llegará a ejercer como tal por dedicarse intensamente a la política desde el republicanismo más activo contra la monarquía borbónica, como activista contra la guerra de Cuba… como propagandista Esta actividad política le llevará a ser perseguido por la policía en varias ocasiones y tener que huir de Valencia, escapando en una ocasión a Argel y, en otra, más tarde, a París, desde donde enviará crónicas al periódico “El Correo de Valencia”.
En 1911 se casará en Valencia con María Blasco que le dará 4 hijos: Mario, Libertad, Julio César y Sigfrido (los nombres dicen mucho sobre sus preferencias políticas y culturales).
(…)
Blasco siempre combinará la política, el periodismo y la literatura, en este orden o al revés; sostendrá abundantes polémicas con otros políticos republicanos de ámbito nacional o local (como Rodrigo Soriano), con el que mantendrá un estéril combate ideológico).
Para sostener sus ideas, publicar parte de su abundantísima producción e introducir ideas nuevas, nada mejor  que disponer de una editorial propia, y así surgió PROMETEO, editorial que creó en 1914 y dirigió durante años. Domiciliada en la Avenida Germanías nº 33, dio a conocer, además de obras, a los mejores autores europeos del momento.
(…)
Para comprender mejor tanto la trayectoria del Blasco escritor como la del político y polemista republicano nada mejor que situarlo en el contexto histórico de su tiempo. Tal vez el acontecimiento de mayor envergadura que le tocó vivir fuese, además de las guerras de África, Cuba y la dictadura, sobre todo la Guerra Europea o Gran Guerra, que luego hemos llamado Primera Guerra Mundial.
España fue “neutral” en esta guerra. En parte, salió beneficiada y empresas, empresarios, hacendados y comerciantes exportadores se enriquecieron vendiendo sus productos a las potencias europeas en conflicto, como calzados, alimentos,  arroz (producto valenciano que superó a las naranjas en este tiempo), armas, municiones y pertrechos diversos. Pero la situación política generada por su no participación, aisló un tanto internacionalmente a España, aunque Madrid se convirtió en un centro de espionaje internacional. Blasco, que viajó y visitó los frentes de guerra franceses, redactó una extensa crónica sobre ella que se publicó bajo el título de Historia de la Guerra Europea. Tanto el autor como la mayoría de los republicanos de su tiempo eran abiertamente francófilos y anti germanófilos. El país, sin embargo, estuvo dividido casi en dos mitades en el apoyo a los dos bandos contendientes (los Aliados por un lado y los Imperios Centrales por otro).
(…)
No es fácil situar a Blasco sin hablar del anticlericalismo, del suyo y el de los republicanos. Blasco mantuvo una pugna, tanto en la prensa como en sus escritos e intervenciones públicas, una batalla de ídeas contra la opulencia y prepotencia de las altas jerarquías de la Iglesia Católica. Entre otras intervenciones, criticó y ridiculizó al arzobispo de Valencia, que bendijo el envío de tropas a Cuba para contener la rebelión de los cubanos contra el Imperio español. El escritor se refirió a los miles de jóvenes que sirvieron de carne de cañón en esta guerra como “el rebaño gris o los hijos de los pobres”, los únicos que de verdad iban a morir por la patria… Organizó también una manifestación contra los Estados Unidos de América… Por todo ello fue denunciado, acusado, juzgado en consejo de guerra y condenado a prisión.
El escritor huyó refugiándose primero en Italia, experiencia de la que salió su libro En el país del arte, y más tarde vuelto a Valencia en una barraca, en el pueblo de Almácera, de donde pasó a un almacén de vinos. De esta nueva experiencia salió, según cuenta el mismo, la que es, tal vez, su novela más celebrada, La barraca, que, curiosamente, tan solo logró vender 500 ejemplares de los 700 de su 1ª y única edición al precio de una peseta el ejemplar. Pero alcanzó una difusión masiva al ser publicada por entregas en el periódico “El Liberal” que editó diez mil ejemplares (Prólogo, pág., 8 de la edición de Plaza & Janés). La inmunidad parlamentaria le alcanzó al ser elegido diputado, en dos ocasiones, por Valencia, librándole de pisar la cárcel.  
(…)
Rebobino para resaltar que los inicios del siglo XX serán el punto de arranque del nuevo estilo de Blasco como escritor. Cañas y barro aparecerá en 1902, La catedral en 1903, El intruso en 1904, La bodega y La horda en 1905, novelas orientadas en distintos escenarios, y propensas a destacar por sus contenidos sociales, rasgo que no habían tenido sus primeros escritos. Aparte de las influencias que le llevaron por este camino, algo tuvo que ver en esto una mujer de la que se enamoró, instalado en Madrid, Elena Ortuzar, una chilena casada con el agregado comercial de la embajada de este país en la capital de España, que luego se convertiría en su segunda esposa. Fue su gran amor, aunque todo, en este sentido, se desmoronó en 1907… Viajó de nuevo a París varias veces, e inició otra serie de novelas como Sangre y arena (1908) o Los muertos mandan (1909), que pueden ser calificadas de psicológicas.
Vendrán, luego, entre 1914 y 1918, sus dos novelas de guerra: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, un intenso drama familiar que lleva al enfrentamiento de su rama francesa con la de origen alemán, provocado por la contienda, y Mare Nostrum, donde aparecerá el tema del espionaje. Más adelante, y sin parar, se sucederán obras de aventuras, novelas históricas como El paraíso de las mujeres, y un sinfín más.
(…)
Blasco Ibáñez, políticamente, fue un progresista defensor a ultranza de las libertades democráticas y del republicanismo entendido según el modelo francés con su cuño particular. La creciente influencia que ejerció el diario “El Pueblo” (publicado con escasos medios) dotó de sentido y organización a los núcleos de activistas y políticos republicanos que se movían en torno al escritor, dando origen a una corriente política propia que se conoció con el nombre de blasquismo, apoyada tanto en sus dotes intelectuales como en una inflamada oratoria muy del gusto de la época.
Es interesante reflexionar en torno a la concepción que del progreso se tenía entonces, muy alejado del uso y abuso que parece el término actualmente. No se trataba simplemente de aquello de ‘seguir siempre adelante’, de ‘llegar más y más lejos’ como proponen los modelos actuales de la alta competición deportiva o de la revolución tecnológica, sino de atreverse a imaginar ideas en torno a la realización de una sociedad más libre e igualitaria y no avergonzarse por el “adelanto” (progreso) que esto suponía.
Ello no invalidaba el carácter práctico, e incluso eficiente, de políticas concretas que pusieron en marcha los republicanos blasquistas, sobre todo sus innegables realizaciones urbanísticas que cambiaron la faz de la Valencia de su época. Recordemos la ejecución de edificios como el Mercado Central, la Estación del Norte, el Ensanche y el Ayuntamiento; el fomento del tránsito de viajeros desde los pueblos a la ciudad y viceversa, etc., obras públicas que estaban en el sentido del “progreso” que pretendían; pero también el fomento de la ‘cultura popular’ (entendiendo por popular en intentar llevar a las capas sociales más desfavorecidas, aquellas que Raimon llevó a la canción protesta como ‘clases subalternes’) la cultura reservada a las minorías. Los casinos se convirtieron en los centros sociales de los debates e intercambios culturales, combinando pedagogía e información política y social.
Sin embargo, el movimiento constante del personaje Blasco Ibáñez, entrando y saliendo del escenario político, inconstante y errático en ocasiones por su espíritu viajero y su alejamiento de un cierto regionalismo estrecho y pacato, le crearon enemigos y críticas tan feroces como inmerecidas, minimizando su valor como escritor. Se le criticó duramente que no escribiera en el idioma de su tierra. Fuera, en Madrid, se le consideraba cabeza de un movimiento levantino, de un supuesto “exotismo” que le alejó de reconocimientos que, sin duda, sobre todo como escritor, merecía.
El blasquismo como doctrina no logró prender en los pueblos y comarcas de las provincias valencianas, pero tuvo inmenso apoyo en la ciudad de Valencia…
El evidente gigantismo de su figura quedó oscurecido por torpes interpretaciones, por prejuicios e intereses creados por gentes que no se acercaron nunca en serio a su literatura, adoptando, sin saberlo, aquella frase de Unamuno: “Levantinos, os pierde la estética”. Tan regionalistas o tan rurales, digo, tan típicos y tópicos como Blasco ––suponiendo que hubiese sido todo eso–– fueron grandes escritores como el gallego Valle-Inclán o el vasco Pío Baroja, pero lo que en aquellos se admiró como original y novedoso, se criticó, y con saña, en el caso de en Vicent Blasco.
Muchas gracias.






martes, 2 de mayo de 2017

STEFAN ZWEIG Y LA TRAGEDIA


Stefan Zweig fue el escritor más famoso y admirado de su tiempo. Admiración y fama sobradamente merecidas y de las que tan solo disfrutó en pequeñas dosis. Milito, desde hace años, en la legión de adoradores de su escritura, de la versatilidad de sus emociones, de la sutileza de sus tragedias interiores... 

Me conmovió y me conmueve todavía su suicidio en la brasileña Petrópolis en febrero de 1942 -justo un año despúes de mi propio nacimiento-, rodeado de la más intensa y esplendorosa naturaleza; una exhuberancia que el escritor que fumaba puros y amaba a las mujeres tanto había deseado conocer y disfrutar. Me acongojan esas imagenes yaciendo vestido y encorbatado, junto a la que fuera su secretaria y segunda esposa Lotte Altman, tocada con un ligero camisón. Un acto, el de su suicidio, voluntario y probablemente bien planificado.  Un suicidio que dio la vuelta al mundo y generó una catarata de suposiciones sobre el modo, la manera, la circunstancia... Sobre si se manipuló o no el escenario por la autoridades brasileñas del momento; sobre si la carta que dejó para ser leída en publico estaba o no completa, sobre si...

Hace una semana vi la pelicula que ha realizado la cineasta alemana Maria Schrader sobre las últimas andanzas del celebérrimo escritor vienés en el nuevo mundo, en esa América que para el fue Argentina, Nueva York... y sobre todo el Brasil. Lo cierto es que el tema de su periplo americano y de su trágica desaparición están tratados con delicadeza, tal vez con excesiva delicadeza, tanta que, la cinta no está, en mi humilde opinión, a la altura del personaje. 

Me entusiasmó, eso sí, la formidable interpretación de Josep Hader. El actor logra meterse de lleno en la piel del permanente fugitivo europeo que fue Zweig.Y esto, pienso, es lo mejor de una pelicula de impecable factura técnica y de 'tempo lento', de imperceptibles pero logrados toques de humor... Stefan Zweig, adios a Europa, no carece de virtudes fílmicas, aunque el devenir de los personajes, en muchos pasajes, se someta a un tratamiento impersonal, tal vez demasiado frio para mi gusto; dotado, de un excesivo respeto por la 'razon pura'.

Stefan Zweig aceptó en 1936 la invitación para participar en un congreso internacional de escritores organizado por el PEN Club de Buenos Aires, recalando, además en Río de Janeiro por expresa invitación del gobierno de Getulio Vargas.Viajaría también a Nueva York con toda su carga de expatriado perseguido por los nazis, para defender la necesidad de asilo de otros compatriotas y asegurarse de la buena acogida dispensada a su primera mujer. 

Pero Zweig, declinó vivir en los Estados Unidos y prefirió viajar de nuevo hasta Brasil. País de futuro, y terminar allí sus días. Y de este encuentro surgió un libro potente y maravilloso, que no pasará de moda y que seguramente nos acompañará, como el resto de su obra, durante larguísimo tiempo.

Enemigo de las manifestaciones exteriores y los golpes de efecto durante los delicados momentos que vivía el mundo, sometida media Europa a los ejércitos del III Reich alemán; Zweig procuró llevar con discreción su estancia en el continente americano, pero su enorme popularidad le impidió pasar desapercibido.






















¿ES LA LENGUA FASCISTA?


La lengua, si nos referimos a esa víscera que usamos –pongamos por caso–  en plan  reptilesco, resulta dudoso que sea fascista o sintoista. Lo más probable es que carezca de ideología. Otra cosa es si nos referimos a la lengua como disciplina intelectual (parece que es el caso), sea esta el origen o la parte o el todo de ese artefacto que llamamos lenguaje, entonces, amigos, sÍ puede, sin duda, ser fascista y, por ende, incluso terrorista...

Lo mismo que no debemos de tomar el rábano por las hojas, pues nos arriesgamos a perderlo, tampoco deberíamos concluir sobre la bondad o el interés de un libro por su título que después de todo no deja de ser una parte esencial de los "paratextos", esas frases o enunciados usados como reclamos publicitarios, destinados a posibles compradores y potenciales lectores. 

Un prólogo, sin embargo, tiene como función no solo llamar la atención del lector, sino que puede servir de guía u orientación al mismo, al establecer una valoración adecuada para una publicación como "La lengua es fascista" de Justo Serna y Juan Calabuig, editado por Huerga-Fierro. Caso aplicable a Ramón de España, que la califica como de "brillante artefacto" y debo decir que estoy de acuerdo con esta apreciación. Y como "la vida es sueño", y el "amor es extraño" concluye el prologuista que se trata de un producto "tan insólito como disfrutable". 


 Desde luego insólito sí lo es atendiendo a su contenido, e incluso a otras –aparentemente nimias– circunstancias como su propia concepción, a cuatro manos y dos mentalidades; a la resolución de sus escenas, enmarcadas por numerosas ilustraciones... Disfrutable, lo será en la medida que el consumidor tenga sus células grises dispuestas a gozar de la letra y la imagen impresas sin prejuicio alguno. Y así lo he leido y gozado, porque entiendo que se lee bien y que su estructura predispone al lector para interrumpir la lectura sin sentir aquello de que hacerlo es pecado contra la obra o sus autores. Puede, por ello, recomenzarse la lectura en cualquier momento y en el punto que la dejamos, o no. Es un libro sin principio y sin final. Una autopista o un tunel sin advertencias ni peajes... Nada hay que nos obligue o que nos oprima en la lectura, y esto, amigos, son virtudes y no pequeñas...

He de reconocer, no obstante, que en aquellos capítulos o pasajes en los que se hace medianamente necesaria la posesión de una cultura musical, me he perdido. Pero la culpa es exclusivamente mía. Siempre adolecí de la suficiente cultura musical contemporánea. Es una falla (patrimonio desde luego inmaterial) tanto del sistema con el que fui des-educado como de mi propia indolencia para transgredir y vilipendiar (tal vez no debía llegar a tanto) esa tontez de la música culta; bueno, y del jazz (negro o blanco), y de la canción; y de los aires latinos, y del blues, y del country..., de qué se yo... No. No asimilé bien el legado de los Beatles, de los Rollings... Tal vez fui un joven demasiado europeo tonto y politizado (esto viene a ser lo mismo que lo primero) en el momento inadecuado cuando todos querían ser "jóvenes americanos", bailar el rock y beber cervezas o tomar coca durante toda la noche y parte del día siguiente...

El artefacto, por extraño que parezca, funciona, incluso desde mi incultura musical. Y me han gustado especialmente los capítulos XIV y XVI. Léanlo.

©joseantoniovidalcastaño, 1, mayo, 2017.    

       

jueves, 13 de abril de 2017

EL MONARCA DE LAS SOMBRAS

 
JAVIER CERCAS, DE SALAMINA A LAS SOMBRAS

La sutil y muy bien trabada escritura de Javier Cercas consigue lectores que pronto pasan a ser fieles seguidores, cazados por el hechizo de su prosa familiar y cercana. Una repetitiva suerte de nombres van apareciendo todos relacionados entre sí, hasta componer un curioso orfeón familiar, un coro de voces y vínculos en la que cada uno de sus miembros conoce cosas de otro, cosas mas o menos secretas, en cualquier caso, que el lector desconoce. Un puzle familiar de juegos de adivinación que el escritor contempla desde fuera como director del coro y desde dentro como miembro del propio colectivo que dirige. Se permite el lujo de encarnarse como personaje para disponer de la perspectiva del infiltrado, del detective, del investigador que ordena las piezas para que el director –el autor, él mismo– comprenda y nos haga comprender mejor la mecánica y los verdaderos motivos del juego. 

 




Lo que acabo de decir forma parte de una técnica literaria más o menos común en muchas de las novelas de Cercas; pero es, en su última obra publicada, El monarca de las sombras donde pasar a ser la esencia y la clave, tanto del juego familiar en torno a un personaje de físico débil y de experiencia vital insuficiente, como es Manuel Mena (joven de 19 años adscrito a Falange y caído en la batalla del Ebro durante la Guerra Civil) como de la magia elaborada por las palabras, a lo largo de una narración que por momentos parece enredarnos y hasta confundirnos para acabar por subyugarnos al aceptar –sin mayores miramientos– la panoplia de avatares y propuestas de, en y sobre la guerra civil, sobre lo que ocurrió antes y después de la misma; las conjeturas, los pequeños sucesos, pasiones y rencores que mueven los hilos de los personajes que la poblaron y la pueblan…   

En El monarca de las sombras, Cercas, se recrea de nuevo en ese pasado que no pasa, el de nuestra guerra civil, aquella que se iniciara los días 17 y 18 de julio de 1936, no para completar el trazado de un círculo que empezara a dibujar en 2001 con su novela Soldados de Salamina, ni para ocultar ni blanquear su propio pasado familiar, sino para entender-se y comprender-se, en su propia mismidad; su razón de ser y estar ante aquel acontecimiento capital en la historia de su familia, también de la nuestra, que tantas cosas trastocó o ensambló… Siendo todo esto cierto, creo que también los circunloquios, las vueltas y revueltas de, con y sobre los personajes, sus apariciones y desapariciones; la necesidad de contarnos parte de la historia militar de las campañas emprendidas por el joven héroe familiar Manuel Mena, glorificado por su madre por necesidad y como justificación de una precipitada decisión (enviarlo al frente), son también –en parte– un recursos literario, eso si, sabiamente utilizados, aunque, tal vez, necesitado –en el caso de los escenarios y descripciones militares–, de mayor sobriedad. 

Las diferencias entre, Soldados… y El monarca… parecen obvias. En ambas se muestra la figura de un héroe (Miralles y Mena), pero el parecido acaba ahí. El primero, Mena, es un héroe del bando vencedor de la guerra, creado por una madre acongojada, que a su vez es víctima; una pena; un dolor, una pérdida. El segundo, Miralles, era un chico anónimo, un soldado del bando perdedor que se ve forzado –tras perdonar la vida a un falangista notable, sin saberlo, (Sánchez Mazas)– a exiliarse a Francia y volver de nuevo a la guerra mundial, resultando esta vez vencedor como resistente antifascista, pero que no puede gozar de su victoria. Vuelve a España como un turista pobre, como titular de una plaza de camping-caravaning, terminando sus días, sin el más mínimo atisbo de gloria en una residencia de ancianos… Será el autor Javier Cercas quién nos lo descubra, aproxime y cante su grandeza, quién lo haga emerger como héroe a través de sus páginas. En aquella novela el héroe emerge poco a poco y lo sentiremos como tal, solo al final. Por el contrario Mena es ya desde el comienzo de El monarca…, un héroe reconocido; es el “caído por Dios y por España” al cual se tributaron honores en su entierro y tiene una calle a su nombre en Ibahernando. Sin embargo hay puntos oscuros. No quedan fotos, no hay documentos, o tan solo existe una foto y el fragmento de una especie de discurso o alocución que Mena pensaba dirigir a los falangistas de su pueblo… 

Y luego están los lugares, los que para nosotros son referencias narrativas y para Blanquita, por ejemplo, sitios o nombres que pasar por su vida y que únicamente robustecen el deseo del regreso a Ibahernando y para Javier Cercas (personaje y autor), lugares de esa memoria de los recuerdos que va tejiendo: Gerona, Trujillo, Cáceres, Teruel, el alto de Celadas, El Pozuelo, Bielsa, Cella o el rio Jiloca, Bot, etc., como lo eran: El primer Tabor de Tiradores de Ifni, la 13ª división o la 4ª y 5ª banderas de la Legión o las cota 35 e incluso los generales Barrón o Yagüe…
Ni la Geografía extensa ni la micro-historia militar descentran a Cercas de esas referencias culturales que se van sucediendo desde Hanna Arendt y otros referentes del pensamiento a la utilización de las versiones heroicas del Ulises homérico;  ni, como no, de esa , ¿obsesión?, por meter al director de cine y columnista David Trueba en el relato, y no sólo a él, sino a su equipo; de referirse a su propia mujer y a los parientes de Mena (que son los suyos) menos dispuestos a colaborar pero que también sienten que deben decir la suya…    

Justo Serna el historiador cultural que más y mejor viene estudiando a Cercas confesó haber realizado tres lecturas para compenetrarse a fondo con el espíritu de esta obra singular y muy bien trabajada.
Cercas, autor, protagonista y sujeto de la narración (según en que capítulos) es aquí el sumun (por summum), el todo de una una peregrinación que tiene como objeto convocar y sacar a la luz todos los recuerdos para ordenarlos y concluir –no es la única conclusión pero tal vez la más importante–; sostener que es mejor saber que ignorar y que seguramente la causa republicana ostentó la razón política en lo ocurrido en aquel 18 de julio y en aquella guerra, pero… no la exclusividad, ni la prioridad ni la excelencia  de las razones morales…

Cercas descubre muchas cosas, algunas, puede que ya intuidas e incluso sabidas por los lectores más conspicuos, en esta narración real tan solo entre comillas, con muchas más ficciones de las aparentes, sin que en ella–en mi modesta opinión– se justifique plenamente la necesidad de este tipo de acercamiento. Hay algún desajuste o valoración histórica sobre acontecimientos que puede encontrarse discutible, pero, ¿en que obra humana no lo hay?
Tal vez en este buceo sólo en apariencia sin sentido, tras la pista de un suceso y un héroe diminutos, se encuentre el sentido y la razón de someternos al viaje, a la indagación. La futilidad de lo humano, la fragilidad de una condición –la nuestra y la suya– sabida de antemano.

Admiración ante esta especie de “nivola” unamuniana moderna, ante la exquisita factura de unas páginas –algunas más inspiradas que otras–, donde funciona el mecanismo de la empatía autor-lector de manera casi perfecta, donde hay desde imperceptibles toque de humor, hasta agobios producidos por las anfractuosidades de lo histórico. Y conforme avanzamos hacia el final la sensación de estar guiados por un pulso firme y brillante.

Leída la novela el artículo de Cercas en el Suplemento semanal de El País “Un pacto sobre el pasado” es una apostilla inesperada que completa el perfecto mecanismo de relojería que es el conjunto. Repito algunas de sus palabras, escritas tras el título que ya he citado: “…Lo necesitamos (el pacto) porque el pasado, sobre todo el inmediato, no ha pasado…. Porque quién no sabe de dónde viene, no sabe adónde va… Un acuerdo que condene de forma taxativa el golpe del 18 de julio y el franquismo y que diga taxativamente que ni fueron necesarios, ni inevitables, y que el golpe militar y la dictadura constituyeron un error sin paliativos.         

   © JAVC, 10 al 13-04-017.

martes, 21 de febrero de 2017

MÚSICA “CULTA” Y VACAS


Alessandro Baricco es un novelista y ensayista, también periodista e incluso musicólogo  turinés que pertenece a esa generación de la falsa posmodernidad que gusta autodenominarse “moderno” para evitar el uso ruinoso y descentrado de la palabrita de moda pos/modernidad. Lo que molesta realmente a Baricco es el pos. A mí, también. Se ha puesto de moda sin que medien justificaciones coherentes aplicar el pos a lo divino y humano: posmodernidad, poscomunismo, posliteratura, posmúsica, posnovela, posteatro, posintelectual, etc.

Baricco ha publicado recientemente un curioso bien trabado, y por momentos ligero, ensayo con un título provocador: El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Siruela, 2016).
¿Por qué es un título provocador? Ni Hegel ni las vacas son parte sustancial del ensayo. Hegel y la filosofía ocupan su lugar, o puede ser que guíen parte de la reflexión del autor, pero no parece seguro. Lo de las vacas,  por la sencilla razón de que estas podrían ser de cualquier otra región del mundo ya que Wisconsin tampoco aparece explícitamente en el ensayo. Son, o vienen a ser, un dato para hacer más impactante el título. Y no voy a discutir eso. El título es, tal vez, lo más importante de un escrito literario, e incluso científico. No basta más que recordar aquella vieja sentencia escrita por un poeta de cuyo nombre no quiero acordarme, y que decía: Creemos los nombres (traduzco títulos) luego vendrán los hombres (misteriosa invocación de lo genérico e inexplicable).

En ocasiones, pues, se cometen ciertos abusos del lenguaje para conseguir audiencias. En este caso, literarias. Un día le llegó a Baricco un informe de la Universidad de Wisconsin que aseguraba que las vacas de su estado producían un siete y medio por ciento (7,5%) más de leche cuando escuchaban música culta, es decir, aquella música de otro tiempo llamada clásica o sinfónica, que si eran ordeñadas sin que hubiesen oído los clásicos acordes.

Lo que de verdad interesa a Baricco, y ahí es donde quiere llevarnos, es a la que él llama y define en sus proporciones: música culta. Analiza, discurre, reflexiona, sugiere, e incluso sostiene, que esa música se alejó de lo popular cuando, como tal, no existió hasta el siglo XVIII y quedó sacralizada en el siglo XIX, para decaer a lo largo del siglo XX y tratar de supervivir malamente en su segunda mitad, para sumergirse en las profundidades de las salas de conciertos y antiguos templos musicales en lo que va de nuestro siglo.
¿Y por qué culta? Bueno, es una expresión para diferenciar y aislar; también para distinguir en el mal y en el buen sentido. ¿Cuál? ¿En qué sentido? Puede que se refiera al sentido sobre, o en torno, el gusto estético.







La música culta difícilmente existiría como categoría si no fuese por el auténtico genio a quien se debe el esfuerzo y la consagración de tal categoría. Se refiere Baricco, naturalmente, a Ludwig Van Beethoven. Un alemán de Bonn, no tan alemán; de procedencia holandesa y simpatías afrancesadas, en concreto por la figura “revolucionaria” de Napoleón Bonaparte, truncadas por los brutales hechos de sus continuas guerras de agresión y conquista. Existencia como “música culta” en el marco referencial que fue todo el movimiento cultural del Romanticismo. Sin Romanticismo no hubiera existido Beethoven, y este a su vez, musicalmente, no hubiera sido posible sin este autor. A partir de él todo son variaciones sobre el mismo tema.

Leer a Baricco, con o sin Hegel, con o sin vacas de Wisconsin, es siempre un alado placer que nos lleva, en este ensayo, desde esa “música culta” que invoca y justifica actualmente a través de la emoción interpretativa que surge de las nuevas aplicaciones tecnológicas a los instrumentos musicales clásicos, hasta desmitificarnos no solo el valor “absoluto” de la propia música sino a citar a Adorno como antecedente del descrédito a un músico como Puccini tratándolo lapidariamente como productor de música ligera. Baricco mezcla en su análisis del todo musical, en su afán de deslindar lo culto de lo popular y de lo ligero, a Mozart, Brahms, Mahler, etc. Ni una palabra de toda aquella música que, para su desgracia, no es ni “culta” ni “nueva”. ¿Qué fue del rock, el folk; el jazz, el blues; los aires populares latinoamericanos o la música afro…?

Juliette es Julieta en inglés

Ese Parlamento, Juliette
no es el tuyo.
Si. Lo has acertado.
Es el de Oliverio.
¿Qué te gusta?
No. A mi tampoco.
Es frio, húmedo,
escabroso.
Oliverio, sin dudarlo,
después de poseerte,
te habría cortado la cabeza para cobrar-se tu voz
coronada por tus poetas de San Germán.
Si. Esos locos de los versos sueltos y libres,
enajenados por el vicio y la virtud de tus labios,
por la incurable adicción a tu voz;
¿cuerdas vocales o bucales? ¡Quía! Labios y placeres.
Esos locos poetas...
Oliverio azótales porque vigilan tu puritano anhelo,
ahíto
de sueños abisales...
No lo dudes, más, ¡por Lutero!
¡Arrójalos al Támesis! o,
al Ebro, al Ganges, al Drina, al Orinoco de Salgari;
a ese Guadalaviar mio, tan cercano como desconocido.

(José Antonio Vidal Castaño-15-02-017)