jueves, 13 de abril de 2017

EL MONARCA DE LAS SOMBRAS

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JAVIER CERCAS, DE SALAMINA A LAS SOMBRAS

La sutil y muy bien trabada escritura de Javier Cercas consigue lectores que pronto pasan a ser fieles seguidores, cazados por el hechizo de su prosa familiar y cercana. Una repetitiva suerte de nombres van apareciendo todos relacionados entre sí, hasta componer un curioso orfeón familiar, un coro de voces y vínculos en la que cada uno de sus miembros conoce cosas de otro, cosas mas o menos secretas, en cualquier caso, que el lector desconoce. Un puzle familiar de juegos de adivinación que el escritor contempla desde fuera como director del coro y desde dentro como miembro del propio colectivo que dirige. Se permite el lujo de encarnarse como personaje para disponer de la perspectiva del infiltrado, del detective, del investigador que ordena las piezas para que el director –el autor, él mismo– comprenda y nos haga comprender mejor la mecánica y los verdaderos motivos del juego. 

 




Lo que acabo de decir forma parte de una técnica literaria más o menos común en muchas de las novelas de Cercas; pero es, en su última obra publicada, El monarca de las sombras donde pasar a ser la esencia y la clave, tanto del juego familiar en torno a un personaje de físico débil y de experiencia vital insuficiente, como es Manuel Mena (joven de 19 años adscrito a Falange y caído en la batalla del Ebro durante la Guerra Civil) como de la magia elaborada por las palabras, a lo largo de una narración que por momentos parece enredarnos y hasta confundirnos para acabar por subyugarnos al aceptar –sin mayores miramientos– la panoplia de avatares y propuestas de, en y sobre la guerra civil, sobre lo que ocurrió antes y después de la misma; las conjeturas, los pequeños sucesos, pasiones y rencores que mueven los hilos de los personajes que la poblaron y la pueblan…   

En El monarca de las sombras, Cercas, se recrea de nuevo en ese pasado que no pasa, el de nuestra guerra civil, aquella que se iniciara los días 17 y 18 de julio de 1936, no para completar el trazado de un círculo que empezara a dibujar en 2001 con su novela Soldados de Salamina, ni para ocultar ni blanquear su propio pasado familiar, sino para entender-se y comprender-se, en su propia mismidad; su razón de ser y estar ante aquel acontecimiento capital en la historia de su familia, también de la nuestra, que tantas cosas trastocó o ensambló… Siendo todo esto cierto, creo que también los circunloquios, las vueltas y revueltas de, con y sobre los personajes, sus apariciones y desapariciones; la necesidad de contarnos parte de la historia militar de las campañas emprendidas por el joven héroe familiar Manuel Mena, glorificado por su madre por necesidad y como justificación de una precipitada decisión (enviarlo al frente), son también –en parte– un recursos literario, eso si, sabiamente utilizados, aunque, tal vez, necesitado –en el caso de los escenarios y descripciones militares–, de mayor sobriedad. 

Las diferencias entre, Soldados… y El monarca… parecen obvias. En ambas se muestra la figura de un héroe (Miralles y Mena), pero el parecido acaba ahí. El primero, Mena, es un héroe del bando vencedor de la guerra, creado por una madre acongojada, que a su vez es víctima; una pena; un dolor, una pérdida. El segundo, Miralles, era un chico anónimo, un soldado del bando perdedor que se ve forzado –tras perdonar la vida a un falangista notable, sin saberlo, (Sánchez Mazas)– a exiliarse a Francia y volver de nuevo a la guerra mundial, resultando esta vez vencedor como resistente antifascista, pero que no puede gozar de su victoria. Vuelve a España como un turista pobre, como titular de una plaza de camping-caravaning, terminando sus días, sin el más mínimo atisbo de gloria en una residencia de ancianos… Será el autor Javier Cercas quién nos lo descubra, aproxime y cante su grandeza, quién lo haga emerger como héroe a través de sus páginas. En aquella novela el héroe emerge poco a poco y lo sentiremos como tal, solo al final. Por el contrario Mena es ya desde el comienzo de El monarca…, un héroe reconocido; es el “caído por Dios y por España” al cual se tributaron honores en su entierro y tiene una calle a su nombre en Ibahernando. Sin embargo hay puntos oscuros. No quedan fotos, no hay documentos, o tan solo existe una foto y el fragmento de una especie de discurso o alocución que Mena pensaba dirigir a los falangistas de su pueblo… 

Y luego están los lugares, los que para nosotros son referencias narrativas y para Blanquita, por ejemplo, sitios o nombres que pasar por su vida y que únicamente robustecen el deseo del regreso a Ibahernando y para Javier Cercas (personaje y autor), lugares de esa memoria de los recuerdos que va tejiendo: Gerona, Trujillo, Cáceres, Teruel, el alto de Celadas, El Pozuelo, Bielsa, Cella o el rio Jiloca, Bot, etc., como lo eran: El primer Tabor de Tiradores de Ifni, la 13ª división o la 4ª y 5ª banderas de la Legión o las cota 35 e incluso los generales Barrón o Yagüe…
Ni la Geografía extensa ni la micro-historia militar descentran a Cercas de esas referencias culturales que se van sucediendo desde Hanna Arendt y otros referentes del pensamiento a la utilización de las versiones heroicas del Ulises homérico;  ni, como no, de esa , ¿obsesión?, por meter al director de cine y columnista David Trueba en el relato, y no sólo a él, sino a su equipo; de referirse a su propia mujer y a los parientes de Mena (que son los suyos) menos dispuestos a colaborar pero que también sienten que deben decir la suya…    

Justo Serna el historiador cultural que más y mejor viene estudiando a Cercas confesó haber realizado tres lecturas para compenetrarse a fondo con el espíritu de esta obra singular y muy bien trabajada.
Cercas, autor, protagonista y sujeto de la narración (según en que capítulos) es aquí el sumun (por summum), el todo de una una peregrinación que tiene como objeto convocar y sacar a la luz todos los recuerdos para ordenarlos y concluir –no es la única conclusión pero tal vez la más importante–; sostener que es mejor saber que ignorar y que seguramente la causa republicana ostentó la razón política en lo ocurrido en aquel 18 de julio y en aquella guerra, pero… no la exclusividad, ni la prioridad ni la excelencia  de las razones morales…

Cercas descubre muchas cosas, algunas, puede que ya intuidas e incluso sabidas por los lectores más conspicuos, en esta narración real tan solo entre comillas, con muchas más ficciones de las aparentes, sin que en ella–en mi modesta opinión– se justifique plenamente la necesidad de este tipo de acercamiento. Hay algún desajuste o valoración histórica sobre acontecimientos que puede encontrarse discutible, pero, ¿en que obra humana no lo hay?
Tal vez en este buceo sólo en apariencia sin sentido, tras la pista de un suceso y un héroe diminutos, se encuentre el sentido y la razón de someternos al viaje, a la indagación. La futilidad de lo humano, la fragilidad de una condición –la nuestra y la suya– sabida de antemano.

Admiración ante esta especie de “nivola” unamuniana moderna, ante la exquisita factura de unas páginas –algunas más inspiradas que otras–, donde funciona el mecanismo de la empatía autor-lector de manera casi perfecta, donde hay desde imperceptibles toque de humor, hasta agobios producidos por las anfractuosidades de lo histórico. Y conforme avanzamos hacia el final la sensación de estar guiados por un pulso firme y brillante.

Leída la novela el artículo de Cercas en el Suplemento semanal de El País “Un pacto sobre el pasado” es una apostilla inesperada que completa el perfecto mecanismo de relojería que es el conjunto. Repito algunas de sus palabras, escritas tras el título que ya he citado: “…Lo necesitamos (el pacto) porque el pasado, sobre todo el inmediato, no ha pasado…. Porque quién no sabe de dónde viene, no sabe adónde va… Un acuerdo que condene de forma taxativa el golpe del 18 de julio y el franquismo y que diga taxativamente que ni fueron necesarios, ni inevitables, y que el golpe militar y la dictadura constituyeron un error sin paliativos.         

   © JAVC, 10 al 13-04-017.

martes, 21 de febrero de 2017

MÚSICA “CULTA” Y VACAS


Alessandro Baricco es un novelista y ensayista, también periodista e incluso musicólogo  turinés que pertenece a esa generación de la falsa posmodernidad que gusta autodenominarse “moderno” para evitar el uso ruinoso y descentrado de la palabrita de moda pos/modernidad. Lo que molesta realmente a Baricco es el pos. A mí, también. Se ha puesto de moda sin que medien justificaciones coherentes aplicar el pos a lo divino y humano: posmodernidad, poscomunismo, posliteratura, posmúsica, posnovela, posteatro, posintelectual, etc.

Baricco ha publicado recientemente un curioso bien trabado, y por momentos ligero, ensayo con un título provocador: El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Siruela, 2016).
¿Por qué es un título provocador? Ni Hegel ni las vacas son parte sustancial del ensayo. Hegel y la filosofía ocupan su lugar, o puede ser que guíen parte de la reflexión del autor, pero no parece seguro. Lo de las vacas,  por la sencilla razón de que estas podrían ser de cualquier otra región del mundo ya que Wisconsin tampoco aparece explícitamente en el ensayo. Son, o vienen a ser, un dato para hacer más impactante el título. Y no voy a discutir eso. El título es, tal vez, lo más importante de un escrito literario, e incluso científico. No basta más que recordar aquella vieja sentencia escrita por un poeta de cuyo nombre no quiero acordarme, y que decía: Creemos los nombres (traduzco títulos) luego vendrán los hombres (misteriosa invocación de lo genérico e inexplicable).

En ocasiones, pues, se cometen ciertos abusos del lenguaje para conseguir audiencias. En este caso, literarias. Un día le llegó a Baricco un informe de la Universidad de Wisconsin que aseguraba que las vacas de su estado producían un siete y medio por ciento (7,5%) más de leche cuando escuchaban música culta, es decir, aquella música de otro tiempo llamada clásica o sinfónica, que si eran ordeñadas sin que hubiesen oído los clásicos acordes.

Lo que de verdad interesa a Baricco, y ahí es donde quiere llevarnos, es a la que él llama y define en sus proporciones: música culta. Analiza, discurre, reflexiona, sugiere, e incluso sostiene, que esa música se alejó de lo popular cuando, como tal, no existió hasta el siglo XVIII y quedó sacralizada en el siglo XIX, para decaer a lo largo del siglo XX y tratar de supervivir malamente en su segunda mitad, para sumergirse en las profundidades de las salas de conciertos y antiguos templos musicales en lo que va de nuestro siglo.
¿Y por qué culta? Bueno, es una expresión para diferenciar y aislar; también para distinguir en el mal y en el buen sentido. ¿Cuál? ¿En qué sentido? Puede que se refiera al sentido sobre, o en torno, el gusto estético.







La música culta difícilmente existiría como categoría si no fuese por el auténtico genio a quien se debe el esfuerzo y la consagración de tal categoría. Se refiere Baricco, naturalmente, a Ludwig Van Beethoven. Un alemán de Bonn, no tan alemán; de procedencia holandesa y simpatías afrancesadas, en concreto por la figura “revolucionaria” de Napoleón Bonaparte, truncadas por los brutales hechos de sus continuas guerras de agresión y conquista. Existencia como “música culta” en el marco referencial que fue todo el movimiento cultural del Romanticismo. Sin Romanticismo no hubiera existido Beethoven, y este a su vez, musicalmente, no hubiera sido posible sin este autor. A partir de él todo son variaciones sobre el mismo tema.

Leer a Baricco, con o sin Hegel, con o sin vacas de Wisconsin, es siempre un alado placer que nos lleva, en este ensayo, desde esa “música culta” que invoca y justifica actualmente a través de la emoción interpretativa que surge de las nuevas aplicaciones tecnológicas a los instrumentos musicales clásicos, hasta desmitificarnos no solo el valor “absoluto” de la propia música sino a citar a Adorno como antecedente del descrédito a un músico como Puccini tratándolo lapidariamente como productor de música ligera. Baricco mezcla en su análisis del todo musical, en su afán de deslindar lo culto de lo popular y de lo ligero, a Mozart, Brahms, Mahler, etc. Ni una palabra de toda aquella música que, para su desgracia, no es ni “culta” ni “nueva”. ¿Qué fue del rock, el folk; el jazz, el blues; los aires populares latinoamericanos o la música afro…?

Juliette es Julieta en inglés

Ese Parlamento, Juliette
no es el tuyo.
Si. Lo has acertado.
Es el de Oliverio.
¿Qué te gusta?
No. A mi tampoco.
Es frio, húmedo,
escabroso.
Oliverio, sin dudarlo,
después de poseerte,
te habría cortado la cabeza para cobrar-se tu voz
coronada por tus poetas de San Germán.
Si. Esos locos de los versos sueltos y libres,
enajenados por el vicio y la virtud de tus labios,
por la incurable adicción a tu voz;
¿cuerdas vocales o bucales? ¡Quía! Labios y placeres.
Esos locos poetas...
Oliverio azótales porque vigilan tu puritano anhelo,
ahíto
de sueños abisales...
No lo dudes, más, ¡por Lutero!
¡Arrójalos al Támesis! o,
al Ebro, al Ganges, al Drina, al Orinoco de Salgari;
a ese Guadalaviar mio, tan cercano como desconocido.

(José Antonio Vidal Castaño-15-02-017)